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Señoríos PAMPLONÉS y AQUITANO:Años 780-850
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  #11  
Viejo 21/ago/05, 19:07
tellagorri
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Predeterminado Los MUDÉJARES o españoles exiliados

La historia da muchas vueltas. En mi ciudad natal, Tetuán, estamos familiarizados con la cultura española. No es que seamos unos quintacolumnistas del Nasrani (cristiano), como insinúan algunos tontos políticos de Rabat, es por una simple razón: cuando Marruecos fue declarado protectorado francoespañol, la zona norte del país fue entregada a la España de Alfonso XIII.

Después del desastre de 1898, el Borbón quería otro imperio y las potencias europeas le engañaron dándole un trozo de tierra marroquí situada frente a las costas españolas.
Como allí había unas minas de hierro (que el conde Romanones se apresuró a meter en su carpeta de acciones), Alfonso XIII y sus gobiernos, tanto liberales como conservadores, pensaron que esa región era un regalo de Dios, un nuevo El Dorado.

Naturalmente, las consecuencias que sufrió España al aceptar ese dorado territorio que se llama el Rif fueron trágicas. Los continuos enfrentamientos con los indígenas terminaron afectando a la Península: la Semana Trágica de Barcelona, el golpe de Estado del general Primo de Rivera, la República y la Guerra Civil, donde participaron unos 100.000 marroquíes.

¿Pero, por qué me pierdo en los cerros de Ubeda? Es para recordar que España nos ocupó para, según los cuentos cantados entonces por los políticos madrileños, traernos la civilización.
Una civilización ciertamente diferente a la andalusí porque era de las que vertía sobre las cabezas de nuestros mayores toneladas de gas mostaza, ocasionando millares de muertos e implicando a nuestros padres en una Guerra Civil que nada tenía que ver ni con nosotros ni con nuestras incipientes ideologías. Pero, al final, como Francia, España tuvo que irse en 1956, llevándose las traviesas de la línea de ferrocarril que iba de Tetuán a Ceuta, pero dejando la huella de la lengua castellana en la región y una inmensa biblioteca de estudios y libros sobre la Historia de España, Marruecos y Al-Andalus.

Es en la Biblioteca General y Archivos de Tetuán, pequeña pero rica Biblioteca Nacional del norte de Marruecos, donde algunos nuevos independizados de España hemos descubierto y devorado los ejemplares de la revista Al-Andalus y libros como Al Hulal Al Mawsiyya (Crónica árabe de las dinastías Almorávide, almohade, y benimerín), o el Fragmento de la época sobre noticias de los Reyes Nazaríes.

Lo que nos enseñaron esos libros, aparte de lo grande que fue la España islámica, es que en muchas medinas, o cascos antiguos de las ciudades marroquíes, seguían viviendo descendientes de andalusíes. Y algunas familias vivían aún en sus viejas casas, algunas reformadas siguiendo las modas de los siglos, pero otras todavía intactas.
Los habitantes de la medina de Rabat saben todos dónde está la casa de los Zapata o la de los Molina; y en Tetuán, el forastero que penetra en la medina no tiene ninguna dificultad en encontrar las casas de los García, Aragón, Torres, Lucas, etcétera.

Todas estas gentes habían sido exiliadas de su tierra natal por la Santa Inquisición o expulsadas por la intolerancia de sus contemporáneos después de la Reconquista. No es que siempre, como lo quiere alguna leyenda, los musulmanes que se habían quedado en tierras reconquistadas por los cristianos hubieran sufrido persecución.

Por ejemplo, en 1085, cuando cayó Toledo, muchos artesanos y eruditos musulmanes se quedaron en la ciudad, facilitando con su labor la transmisión de las ciencias islámicas o griegas al resto de Occidente.

Como lo explica W. Montgomery Watt en su libro Historia de la España islámica: "Después de 1248, en los reinos cristianos vivían muchos musulmanes. En la nueva provincia andaluza de Castilla, los musulmanes constituían la mayoría de la población, mientras que en Aragón y en la provincia de Valencia los cristianos eran una minoría relativamente pequeña". Según Watt, son los propios conquistadores españoles los que retenían a los musulmanes porque eran el soporte de la economía local.

Se les llamaba los MUDÉJARES, se sabe que conservaron sus leyes musulmanas y siguieron practicando su religión y oficios. Se beneficiaban de la misma protección que la de los mozárabes, los cristianos que vivían en tierras de Al-Andalus regidas por el islam.

En su obra Los árabes en la historia, el arabista norteamericano Bernard Lewis evoca al rey Pedro I de Castilla, que, al restaurar el Alcázar de Sevilla en el siglo XIV, escribió en la lápida que conmemoraba su obra: «Gloria a nuestro Señor, el Sultán don Pedro».

Tuvo realmente que pasar mucho tiempo antes de que este complejo mundo de etnias, religiones y costumbres se viniera abajo. Los mudéjares tuvieron una vida apacible, tan apacible que pocos historiadores se interesaron por ellos. No protagonizaron acontecimientos históricos y, contrariamente a los muladíes (cristianos convertidos al islam) de Omar Ibn Hafsún, que fueron la mosca cojonera del reino de Abderrahmán III, los mudéjares nunca se sublevaron.

Sólo cuando las coronas de Castilla y Aragón se unieron para terminar la Reconquista comenzaron los perjuicios contra los musulmanes.

Siete años después de la conquista de Granada, el tristemente famoso cardenal Cisneros ordenó quemar libros musulmanes; y en 1502 se dio a elegir a los musulmanes de Granada entre el exilio al Magreb o el bautismo. Esta exigencia fue trasladada al resto de los musulmanes de España entre 1525 y 1526.

Naturalmente, la mayoría de los musulmanes optó por la farsa del bautismo a sabiendas que continuarían practicando su religión.Esos falsos cristianos se llamaban los moriscos. Los manuscritos aljamiados, donde se enseñaba a los moriscos cómo cumplir con sus obligaciones religiosas, escritos en español pero con caracteres árabes, fueron utilizados durante casi 100 años.

En el siglo XVII la intolerancia cristiana llegó a un extremo tal que entre 1609 y 1614 más de 500.000 moriscos fueron expulsados de España, acabando casi todos en Marruecos.

Cuando llegaron al país magrebí, estos musulmanes de segunda se adentraron en un país que no era el suyo. Marruecos había sido la nación de muchos antepasados suyos, pero ya no era su país. Los moriscos se mezclaron difícilmente con la población local guardando muchas distancias con los marroquíes, especialmente con los beréberes.

Hasta hoy, los cuatro gatos que se dicen descendientes de los moriscos expulsados miran dos veces los orígenes de los pretendientes de sus hijas antes de casarlas. Como si esas vírgenes fueran santas marías mahometanas.

Ocho siglos de presencia musulmana en España y de un larguísimo periodo de reconquista son difíciles de plasmar en pocas páginas.Sin duda, queda todavía mucho por estudiar sobre este rico periodo de la Historia de España que sigue marcando el imaginario simbólico de los españoles y de muchos musulmanes.

Por eso no es de extrañar que hoy en día muchos políticos utilicen esos episodios para apoyar sus propuestas políticas o confirmar sus planteamientos ideológicos, aunque no venga a cuento.

Este es el caso del ex presidente español José María Aznar, que en unas desafortunadas declaraciones en la Universidad de Georgetown, en Washington, relacionó el terrorismo islamista de Al Qaeda con la conquista árabe de España en el siglo VIII. O cuando José Luis Rodríguez Zapatero propone en la Asamblea General de Naciones Unidas una Alianza de Civilizaciones con el mundo árabe, y habla del clima de concordia que dominó el periodo andalusí recordando, por ejemplo, la labor de la Escuela de Traductores de Toledo.

Para hacer una Alianza de Civilizaciones hace falta aliados civilizados, que hoy llamaríamos además democráticos. ¿Con qué civilizado o demócrata dirigente árabe o musulmán quiere firmar el presidente su alianza? ¿Con el autócrata marroquí? ¿Con el general Ben Ali? ¿con el faraón Mubarak de Egipto?, ¿o más bien con el sultán Abdalá de Arabia Saudita?

Como dice un destacado arabista, «que no se mezclen las churras con los merinas». ¡Dejemos Al-Andalus en paz!

Por Alí Lmrabet (Escritor marroquí)



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  #12  
Viejo 22/ago/05, 10:10
tellagorri
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Predeterminado El gran negocio del vino, entre moros

Por Alí Lmrabet

Si los árabes de Siurana hubieran sabido que la tierra donde vivían en el Priorato, en la provincia de Tarragona, iba algún día a producir uno de los vinos más caros del mundo, seguramente no se habrían rendido al enemigo cristiano en el siglo XII.

En vez de responder, vociferando, al ultimátum de los asediadores con un firme «esta es mi tierra», habrían coreado jubilosamente «este es mi vino» para frenar la imparable ola reconquistadora.

Contrariamente a lo que se piensa, los arabobereberes que ocupaban Hispania no eran todos monjes guerreros almorávides o radicales almohades.

Muchos pasaban de los santos preceptos del Corán que prohíben el consumo del vino porque esta bebida mareante les gustaba realmente. En Al-Andalus, aunque sus descendientes lo obvien, existía un activo comercio de vino. Y, para disimular este próspero negocio, los cultivadores musulmanes elaboraban, al mismo tiempo que la uva vendimiada, un jarabe de mosto cocido llamado rubb o arrope en castellano.

Al menor control de la autoridad, esos pillos agricultores fingían una aguda tos de tuberculoso para luego, bajo la severa mirada de los vigilantes de la fe, aliviarse con el rubb.
¿Por qué negarlo? El vino era apreciado por los andalusíes. No en vano, el gran (y descarado) poeta del siglo XI Omar Jayyam celebra en sus Rubayyat las glorias del tinto.
"En primavera, voy a veces a sentarme en la orilla de un campo florido/ cuando una hermosa muchacha me trae una copa de vino".
En el campo florido del Priorato, tierra de licorella y pizarra, llegó a finales de los años 80 un conocido productor de vino llamado Alvaro Palacios. El negociante estaba acompañado por otros enólogos amigos que eran también productores de vino de renombre.

Todos ellos se quedaron enamorados de la región por su clima mediterráneo y suave, su altitud entre 250 y 600 metros, su pluviometría ideal y sus viñedos en lomas de pronunciadas pendientes que obligan a cultivarlos a mano.
Hoy en día, una botella de L'Ermita de las bodegas de Alvaro Palacios tiene un precio de salida de más de 200 euros. Dominando este panorama de buen vino y boyante mercado, se encuentra, a 700 metros de altitud, la antigua fortaleza árabe de Siurana.

Plantado sobre un enorme promontorio, rodeado de impresionantes barrancos de roca calcaria y encajonado entre el río Siurana y el torrente de Estopiñá, Siurana es un precioso pueblo de piedra compuesto por una treintena de casas y apenas una veintena de vecinos.

El poblado está unido a las montañas por un paso muy estrecho. Cuando lo visité a finales de julio, el pueblo estaba sofocado, bajo un sol implacable. No pasé mucho tiempo porque, aparte de los paisajes espectaculares, la vista del pantano de abajo y una antiquísima iglesia románica, no había mucha gente con quien charlar.
El problema en este relato es que los datos históricos fehacientes son escasos y las leyendas y cuentos de hadas numerosos.

En el libro de Ezequiel Gort Juanpere Història de Cornudella de Montsant, editado por la Fundació Roger de Belfort de Reus, la leyenda de Siurana comienza en los tiempos del conde Ramón Berenguer IV, cuando toda Cataluña pasa a ser un dominio cristiano. ¿Toda? No.

Un reino enano situado en el interior de las tierras conquistadas por el conde resiste a las embestidas catalanas. El gobernante local, un tal Al Memoniz, y su reina Abdelazia (de incomparable belleza, según los escribanos de la época) se niegan a ceder sus dominios a los cristianos, pero, como SIURANA está aislada del resto de Al-Andalus, sus feudos caen uno tras otro hasta que solamente queda la fortaleza que, se decía por entonces, estaba a «medio camino del cielo.

Después de muchos asedios, combates crueles y encarnizados, las milicias catalanas llegan a la conclusión de que no pueden con la resistencia de Al Memoniz y de su bella mora. Entonces entra en juego un traidor que, para salvar sus bienes, acepta enseñar un camino secreto que lleva al castillo.
Después de obtener las llaves del castillo, los cercadores dirigidos por Ramón de Gaganot (¡en esta leyenda, los nombres son de risa!) provocan una carnicería. Mientras tanto, en un ala de la alcazaba, Abdelazia, que estaba segura de la impermeabilidad del castillo, celebra una fiesta. Cuando por fin se da cuenta de la catástrofe, ya es demasiado tarde.
Para no caer en manos infieles, la reina morena monta en su caballo blanco, pasa por delante de los cristianos y, tapando los ojos de su rocín, se lanza por el barranco.

El cuento dice que, en el último momento, el caballo, que no era tonto, se da cuenta de la tendencia suicida de su ama, intenta frenar clavando las patas en el suelo y hasta hundiéndolas en las rocas. En vano, ya que el pobre caballo y la reina caen al precipicio.
Trastocado por tanto coraje, Gaganot ordena entonces que el cuerpo de la mora sea recuperado y enterrado con honores en la mezquita. Pero, como ésta había sido consagrada como iglesia, Abdelazia es inhumada en la pared exterior del templo.

Cuando estuve en Siurana, un viejo aldeano me mostró las supuestas señales que dejó el rocín en la roca, así como una sepultura clavada en la pared de la iglesia. Como si realmente esta historieta, la existencia de un traidor, el caballo blanco y la reina suicida hubieran realmente existido.

El más conocido cronista árabe de Al-Andalus Al-Razi no habla de Siurana ni de cerca ni de lejos. Sólo Abu Abdalá Mohamed Ben Mohamed Al-Idrisi, en su monumental libro sobre la geografía de Occidente, Kitab Nuzhat Al Mushtaq Fi Jtiraq al afaq, evoca una «S'branah ( ) que dista de Barcelona de cincuenta kilómetros».

Otro cronista árabe, Al Himyari, habla de un Ibn Zaidun, señor de S'branah, que solía salir a matar cristianos en el campo de Tarragona.
La fuente más creíble sobre la historia de Siurana es la indispensable Catalunya románica. En esta obra, se explica que la zona del Priorato no fue ocupada por los musulmanes hasta mediados del siglo IX y que, durante mucho tiempo, Siurana vivió peligrosamente porque estaba metida de lleno en la Marca Superior, la frontera militar de Al-Andalus con los reinos cristianos del norte.

Se sabe, por ejemplo, según textos cristianos, que Siurana fue árabe durante 284 años, hasta que Ramón Berenguer IV intenta tomarla en 1146. La tentativa fracasa, pero la fortaleza queda totalmente aislada en un mar de fortines y ciudades (Tortosa y Lérida) ganadas por el enemigo.

En 1153, una expedición enviada por Ramón Berenguer y comandada por Bertrán de Castellet vence por fin a los últimos defensores de la fortaleza. Los habitantes se exilian, unos hacia el bajo Ebro y otros a Valencia. Siurana era el último reducto musulmán en Cataluña.

¿Y la leyenda de la reina mora? ¿Y el caballo blanco?

Pues como siempre, es una falacia histórica para, como dirían algunos, atraer a los futuros turistas y hacer subir el precio del metro cuadrado. Por una vez, los historiadores están de acuerdo entre ellos.

Nunca hubo reina mora en Siurana. Hasta su nombre Abdelazia parece una burda deformación de Abdelaziz. En cuanto a su supuesto marido Al Memoniz (cuyo rol en la leyenda es pobre) no se sabe por donde salio, ni él ni su apellido.
Seguramente de la mente de algún ocioso. Ocho siglos y medio desde la ocupación de Siurana, Cataluña ha vuelto a ser conquistada por los árabes. La venganza -si podemos llamarla así-, de la fantasmagórica reina Abdelazia se ha consumado de otra manera.

Es el retorno de los expulsados moriscos, como lo llama Bernabé López, catedrático de estudios árabes en la Universidad Autónoma de Madrid. Esta vez por razones económicas y no guerreras.

Según el último Atlas de la Inmigración marroquí en España, 15,344 ciudadanos de ese país magrebí estaban empadronados en la provincia de Tarragona en 2003 y 128.686 en toda Cataluña.
Estas cifras no reflejan la realidad de la presencia marroquí en Cataluña y no toman en cuenta la gran regularización llevada a cabo por el Gobierno de Zapatero en 2005.
Pero mejor no extenderse en este tema, para que no salga algún desaprensivo llamando por allí a Santiago para que cierre otra vez España.

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  #13  
Viejo 22/ago/05, 10:10
tellagorri
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Predeterminado BOABDIL

La historia es sobradamente conocida. En 1492, los buenos y virtuosos Reyes Católicos, Fernando e Isabel, se hacen con el último reducto musulmán de la Península y echan al nazarí Boabdil de su reino.
Este, camino al exilio, a la vuelta de una colina, mira por última vez a sus queridas Alhambra y Granada, y comienza a sollozar, atrayendo la severa reprimenda de su progenitora, que le pega con un: «Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre». El lugar donde supuestamente Boabdil comenzó a llorar se llama hoy el Suspiro del Moro.

Durante siglos, a los colegiales del vasto mundo arabo-islámico -uno de ellos es el autor de estas líneas-, se les enseñó que la pérdida del paraíso andalusí se debió a la decadencia de los dirigentes de las taifas, que por su holgazanería y corrupción habían permitido que la Reconquista avanzara cada vez más en la recuperación de los territorios perdidos en el siglo VIII.
Naturalmente a ningún maestro de escuela, profesor de instituto o catedrático de universidad se le ocurrió criticar, con la misma contundencia, a las autocracias y dictaduras que imperaban y siguen imperando en el Mundo árabe. Las lecciones de moral son para los otros, nunca para sí mismos.
Como dice el proverbio árabe: el camello siempre se ríe de las jorobas de los otros porque no puede ni quiere ver las suyas.
Pues bien, Boabdil paga por todos los sátrapas árabes del mundo, pasados, presentes y futuros. Los cronistas árabes lo aborrecen, y ningún padre se atreve a dar a su hijo el nombre de Boabdil.
Me acuerdo de un maestro en los años 60 que cada vez que pronunciaba el nombre de Boabdil decía: «Hashakum», palabra intraducible que se utiliza cuando se invoca algo impuro o cuando se pide permiso para ir al baño.
¡Pobre Boabdil! De la Alhambra al retrete.

Nuestro Boabdil era el descendiente de la familia de Banu Nasr o Nasríes que los vencedores castellanizaron en nazaríes. Los Banu Nasr se dan a conocer cuando en 1232 Mohamed ben Yusef ben Nasr se hace proclamar sultán de pacotilla por los habitantes de Arjona.

Luego, con una suerte increíble (seguramente la Baraka), el nuevo cabecilla y sus acólitos ocupan otras ciudades de la región, hasta que en 1237 llegan a Granada que, inmediatamente, se convierte en la capital de un nuevo reino.

En 1238 la antigua y austera fortaleza de Granada se rehabilita para acoger los cimientos de un palacio real: la Alhambra. En las siguientes décadas, los descendientes de Mohamed ben Yusef se mantienen en el poder haciendo y deshaciendo alianzas, tanto con los cristianos como con los BENIMERINES que mandaban en el Magreb.

Si las detestadas taifas eran nichos de decadencia, con asesinatos principescos o colectivos y orgías demenciales, las relaciones entre cristianos, nazaríes y benimerines en los dos últimos siglos de presencia árabe en la Península pueden calificarse difícilmente de probas o normales.

En las crónicas árabes nos encontramos muy a menudo con la noticia de una ALIANZA de Granada con el reino de Castilla para impedir la invasión de los benimerines, para luego, dos o tres páginas más adelante, sorprendernos con otra noticia que anuncia la firma de un PACTO del califa magrebí benimerín con los castellanos para socavar la influencia de los granadinos en alguna ciudad costera de lo que quedaba de Al-Andalus.

Para los historiadores, es justamente esta profusión de alianzas, pactos y traiciones la que permitió a Granada sobrevivir durante dos siglos. Los nazaríes se mantuvieron en el poder más tiempo que los almorávides o los almohades, potentísimas dinastías cuyos ejércitos no tenían adversarios merecedores de sus espadas.

El más famoso emir nazarí, a parte del malogrado Boabdil, es Mohamed V, quien de 1370 a 1391 proporciona a los granadinos una vida política estable (si se excluye su breve exilio a Fez), una economía próspera y una vida cultural realmente brillante.

En su corte ejerce un tal Ibn Jatib, secretario, vizir, estadista y cronista de lujo de ese periodo de la magnificencia nazarí.Autor de tratados y amigo del emir, Ibn Jatib tiene una muerte digna de la otra cara de Al-Andalus.

Porque rechazar implicarse en guerras palaciegas, Ibn Jatib se exilia con su familia a Marruecos.
Allí lo reciben bien antes de que mandatarios enviados por Mohamed V le acusen de herejía y desviacionismo. El que es sin duda uno de los prohombres de la cultura y del apogeo andalusí es privado de sus bienes, torturado y finalmente estrangulado en su celda.
Por orden de Mohamed V su tumba es profanada y su cadáver quemado frente a lo que desde entonces se llama Bab El Mahruq (Puerta del Quemado) en Fez.
Ibn Al Jatib fue la última estrella en el firmamento de Al-Andalus y a la muerte de su verdugo, Mohamed V, en 1391, el reino de los nazaríes entra en una fase de decadencia imparable que culminará con el último de la fila de los sultanes españoles,

BOABDIL. Primogénito del emir Mulay Hasan, el joven príncipe es animado por su propia madre a desbancar a su padre por un asunto de faldas, o de harenes si queremos respetar la verdad histórica. En 1482, el príncipe, que los cristianos llaman Boabdil el Pequeño (no se sabe si por talla o por su cerebro), es proclamado rey gracias a una conjura palaciega.
El Pequeño empieza una guerra victoriosa contra los Reyes Católicos antes de terminar preso en la batalla de Lucena. En vez de quedárselo, los soberanos cristianos sabiendo que una guerra de sucesión acecha el reino nazarí lo liberan. Después de algunas batallas y guerras intestinas, Boabdil entrega las llaves de la ciudad de Granada a los Reyes Católicos.

Es el 2 de enero de 1492. "Cautivo y desarmado el ejército moro, la Reconquista ha terminado".

Boabdil se marcha a La Alpujarra antes de embarcar para Fez.
Aunque la inmensa mayoría de los musulmanes andalusíes (convertidos luego a fuerza de palo en moriscos) no lo sigue, Al-Andalus ya no existe, la civilización árabo-musulmana se ha apagado.
En la oscuridad que se apodera del mundo árabe, sólo quedan llantos por un paraíso perdido.

Antes de abandonar Granada como Boabdil, voy a ver Paco Vigueras, un periodista granadino que anima un colectivo llamado Manifiesto 2 de enero.
Con un grupo de intelectuales y artistas de diferentes horizontes, Paco intenta desde 1995 transformar la fiesta granadina del Día de la Toma [de Granada] que se hace el 2 de enero, en Fiesta de la Tolerancia. Con más o menos éxito, ya que el Ayuntamiento después de haber cedido sobre algunas exigencias del colectivo, como por ejemplo dar lectura de un manifiesto por la tolerancia el día de la fiesta, ha dado marcha atrás.
"Hemos podido reconciliarnos después de lo que hicimos durante la Guerra Civil; y somos incapaces de hacer lo mismo con algo que ocurrió hace cinco siglos", se lamenta el samaritano Paco.
Por Alí Lmrabet



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  #14  
Viejo 22/ago/05, 11:11
tellagorri
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Predeterminado DON PELAYO

Para subir hasta Covadonga hay que tener buenas piernas o una sólida fe en la Santina, virgen y patrona del santuario donde, según la leyenda, reposan los restos de Pelayo, el caudillo de la Reconquista.

En la entrada de una sobria gruta llamada Santa Cueva, no es difícil darse cuenta de que soy el único infiel que osa aventurarse en este venerable lugar. En medio de cruces y sotanas, los beatos turistas cuyas caras reflejan pasión y respeto por el protonacionalista de la Hispanidad se dirigen hacia una suerte de cavidad donde puede leerse una inscripción que reza: "Aquí se inició la restauración de España, vencidos los moros".
Pero, la gesta de Pelayo, ¿existió tal y como la cuentan los libros escolares?

El tema no es tan simple. Aunque las fuentes históricas españolas, escasas y de problemática autenticidad, glorifican la proeza de un tal Pelayo que, con cuatro gatos, "aniquiló al enemigo ismaelita", estas cándidas creencias han sido desde hace lustros doctamente barridas por casi todos los historiadores.

Con la notable excepción de Claudio Sánchez Albornoz que sentenció que "bajo [el] amparo [de Pelayo] nació por tanto España", los estudiosos son categóricos: el despedazamiento en Covadonga de una simple patrulla árabe, hecho acaecido supuestamente en el 722 y obra del jefe astur, no fue ni una batalla ni el comienzo de la Reconquista, y ningún invasor musulmán se murió de miedo al oír el nombre de Pelayo.

Los árabes nunca se interesaron seriamente por Asturias, una región montañosa y un poco fresca para sus cálidos gustos.
En todo caso es así como lo ve el catedrático de Literatura Arabe Serafín Fanjul, un universitario poco sospechoso de maurofilia (simpatía hacia lo moro). En uno de sus libros, este nuevo revisionista de la historia de Al-Andalus y azote del multiculturalismo no tiene reparo en reconocer que es "el reducido interés estratégico, climático y de riqueza que presentaba el rincón noroeste de la Península, unido a las dificultades orográficas y de comunicación, [quienes] indujeron a la retirada [musulmana] más que ningún Don Pelayo, Covadongas incluidas".

Dicho esto, lo incuestionable en esta historia de moros y cristianos es la irrupción repentina e imparable de los musulmanes en la antigua Hispania del siglo VIII.

En el 711 del calendario gregoriano, una tropa enviada desde el Magreb por Musa Ibn Nusair y conducida por su lugarteniente Tarik Ibn Ziyad desembarca en la península.
Al pisar tierra ibérica, Tarik quema sus barcos y se dirige a sus hombres en una arenga que todavía sigue siendo coreada por los escolares árabes y musulmanes 14 siglos después: «Al bahru wara'akum ual ad'duo amamakum» («el mar está detrás de vosotros y el enemigo está frente a vosotros»).

Es el «vencer o morir» que, como muchas veces, surte efecto. En una carga digna de la yihad que les llevó a atravesar el Estrecho, las tropas arabo-beréberes de Tarik destrozan el ejército visigodo de don Rodrigo en la batalla de Wadilaqqa -un lugar que hasta hoy los historiadores son incapaces de ubicar en una mapa-, y abren la vía para la conquista de la Península.

La expansión territorial islámica es un paseo militar. Por la ruta de las antiguas calzadas romanas, los invasores cosechan victorias. Las grandes ciudades caen sin apenas resistencia y el reino visigodo se derrumba. El botín es considerable. Las crónicas árabes describen la fascinación que causa el descubrimiento del país sobre esos ascetas guerreros.

En su Descripción de España, Ahmad Al-Razi se deja llevar por la exaltación cuando evoca el «clima muy sano por la calidad de su aire», las «altas montañas», los «anchos valles y grandes bosques», los «árboles frutales», la «abundancia de peces» y hasta los «buenos vinos». Al final, rendido, Al-Razi no tiene más remedio que reconocer que «Hispania se parece al paraíso de Dios». Un paraíso que no tarda mucho en caer en manos musulmanas para luego convertirse en Al-Andalus como expresión geográfica de un territorio que englobaba no solamente el sur, el centro y parte del norte de la Península, sino también la casi totalidad del actual Portugal.

¿La rapidez de la ocupación, la felonía del conde don Julián (el legendario gobernador de Ceuta que ayudó a los musulmanes a atravesar el Estrecho), y la profusión de traiciones por parte de la aristocracia del reino de Toledo, tienen algo que ver con la mitificación de un personaje histórico de poca monta?

Es probable.

Los sentimientos patrióticos se nutren siempre de símbolos e indomables. No sería de extrañar, pues, que la vaga gesta del Pelayo de Covadonga haya sido magnificada hasta hacer de un simple cabecilla un impulsor de la Reconquista, omitiendo de señalar su inicial colaboración con los invasores y la causa primera de su revuelta: la boda de su hermana con un gobernador mahometano de la zona.

Sin embargo, y es algo que va a tranquilizar a los guardianes del templo de la Hispanidad, los textos árabes no ignoran Covadonga.Por ejemplo, el cronista Al Maqqari, que tacha a Pelayo de «malvado cristiano», deja entrever al final de un párrafo que algo debió ocurrir en las infranqueables montañas de Asturias que el cronista sitúa en Galicia.

"No había quedado en Galicia alquería ni pueblo que no hubiese sido conquistado, a excepción de la sierra, en la cual se había refugiado este cristiano. Sus compañeros murieron de hambre, hasta quedar reducidos a 30 hombres y 10 mujeres aproximadamente, que no se alimentaban de otra cosa sino de miel de abejas, que tenían en colmenas, en las hendiduras de las rocas que habitaban.En aquellas asperezas permanecieron encastillados, y los musulmanes, considerando la dificultad del acceso, los despreciaron: 'Treinta hombres, ¿qué pueden importar?'. Después llegaron a robustecerse y a ganar terreno, como es cosa sabida".

Eso sí, se "robustecieron" y emprendieron una resistencia que con los siglos se convirtió en otro mito llamado Reconquista.
Un término que, como la historia de Pelayo, fue utilizado hasta la saciedad con fines no muy históricos, ¡pero que muy católicos!, para dar fecha y argumento al nacimiento de la identidad española.
Antes de dejar Covadonga, intento informarme sobre la presente presencia árabe en Asturias. En todo el municipio de Cangas de Onís, Covadonga incluida, no hay ningún residente musulmán.
Y en toda Asturias, el número de residentes magrebíes no llega a 700. Es muy poco.
¿Acaso es por miedo a oír algún día el grito de guerra del fantasma de Pelayo?

Por Alí Lmrabet



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